Dicen que los niños nacidos en domingo tienen mucha suerte. La niña se aferra a esta opinión, nació en domingo y es lo único que sabe de sus orígenes. La suerte significaría que unos padrinos de fin de semana la liberaran de los tristes domingos en el orfanato. Cuando otros niños regresan por la noche, presumiendo de excursiones, meriendas y regalos, a ella sólo le queda una evasión: abrazar su conejito de peluche tan traído y llevado bajo la colcha -un precario sustito para el calor y consuelo necesario-.
Pero la suerte no se presenta como la había imaginado en fantasía, no es una mami como en los libros de lecturas, que sólo mira amorosamente, ni es un papi superrico. En cambio, llegan los vuelos sobre una nube, los almuerzos con salchichas y los besos de dedo de pie en la bañera, y la sensación de llevar el brazo de alguien sobre los hombros o correr bajo una lluvia torrencial cogida de su mano. Crece un alud de felicidad y arrolla todos los recelos contra la vida, las otras personas y ella misma.
Este texto de la autora ha sido patrocinado por el Deutschen Literaturfonds (Fomento de la Literatura Alemana).





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