Monty se había hecho un hombre bajo la férrea tutela de su hermano mayor. Era un tipo duro y avispado, como todos los Randolph, sin más pretensión que abandonar Texas para empezar una nueva vida en otra región, pero en su camino se interpuso una beldad llena de vida que traía consigo una pasión abrasadora e irresistible y unos penosos recuerdos imposibles de olvidar.





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