Sin fortuna y con dos hermanas a su cargo, Gabriella Banning tenía asumido que se había quedado a vestir santos. Pero el azar la había impelido a tomar una decisión extrema e, inesperadamente, su vida se vería sacudida por la pasión, la rabia y el desconcierto. Un hombre terco y muy atractivo, que se presentaría como el conde de Wickham, estaba a punto de cruzarse en su camino. Curiosamente, el mismo nombre de su lejano hermanastro criado en Asia. Y el mismo, también cuya muerte había conocido Gabriella hacía sólo un par de días.
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