No podía entender la joven Jane Higgenbothem que la causa del profundo escándalo que sacudía la rígida sociedad londinense fuese el inocente desnudo que ella había esculpido. Una obra en la que había volcado todo su talento creativo, su corazón y su alma, porque era imagen de su adorado Lord Blackburn. Ahora sólo le quedaba alejarse de Londrés y tratar de olvidar.





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