En aquella tarde aún cálida de Leningrado, ambos jóvenes intercambiaron por primera vez un poema de Pushkin, «El jinete de bronce». quizá sin querer creer todo lo que estaba ocurriendo: «Había un tiempo, nuestras memorias guardan sus horrores frescos y cercanos a nosotros, de este relato que ahora os contaré, gentiles lectores, y será un relato doloroso». Delicadas palabras que no tardarían en diluirse con la efímera belleza de un minuto compartido, para convertirse en el más oscuro de los presagios.
Es domingo, 22 de junio de 1941. Nada en el dulce amanecer de Leningrado hace presentir los acontecimientos que están a punto de desatarse. La joven Tatiana Metanova disfruta aquella preciosa mañana, arañando unos minutos de sueño, cuando la voz de su madre y hermana irrumpen en su cuarto conminándola a que se levante: la radio está anunciando la emisión de un comunicado oficial de gran importancia. Minutos más tarde, el pequeño departamento comunal en el que Tania vive con sus abuelos se sume en el silencio y la consternación: los alemanes han invadido Crimea y avanzan hacia las entrañas de Rusia. Es la guerra.
Bastan aquellos pocos segundos para que todo cambie para siempre jamás. En apenas unas breves horas, Tania ve como su hermano gemelo Pasha es enviado fuera de la ciudad a fin de protegerle del reclutamiento, mientras ella debe recorrer Leningrado en busca de provisiones, sin comprender todavía qué es lo que se avecina ni el porqué. Será en estas extrañas horas de desconcierto, sin embargo, cuando los pasos de Tania se crucen, en una solitaria parada de autobuses, con los de un teniente del Ejército Rojo, Aleksandr Belov. Desde aquel momento, ambos saben que el destino ha forjado una historia que los unirá a ambos. Una historia, no obstante, que ha elegido nacer en tiempo de guerra, cuando nadie tiene la certeza de qué historias pueden llegar a su final.





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